Comunidad Judía en el barrio del “Once”, una historia que se sigue escribiendo.

Si bien fueron muchos los barrios en los que se instalaron los inmigrantes judíos y sus descendientes, los más representativos son siete. Siendo el primero la Plaza Lavalle de fines del siglo XIX, con el paso del tiempo su recorrido se extendió por Once, Boca-Barracas, Villa Crespo y Flores hasta llegar a los más contemporáneos barrios de Palermo y Belgrano.

El barrio del “Once”
Para 1910 la presencia judía comenzó a trasladarse de este a oeste, hacia el barrio popularmente llamado “Once”, denominado así por la Terminal de trenes 11 de Septiembre que funcionaba allí.

La calle Corrientes se transformó en “la calle judía”. Entre Córdoba y Pueyrredón al norte y al oeste, y Callao y Rivadavia al sur y al este se fue constituyendo el centro de la vida judía porteña. En una manzana cualquiera cabían, los distintos matices de la cultura y de la religión tanto para los ashkenazíes provenientes de Europa Oriental como para los sefaradíes de Medio Oriente.

En 1894, se instaló sobre Pasteur al 600 la sede de la AMIA, en ese entonces denominada Jevrá Kedushá (La Sociedad de Entierros). En su trayectoria se destacó como la institución única de la comunidad por su acción en el campo de la solidaridad social, cultural y educativa.

Cuando se proclamó la independencia del Estado de Israel, la sensación de catarsis colectiva inundó las calles del barrio. El mismo sentimiento revivió siete meses más tarde, cuando fue reconocido oficialmente por el Gobierno de la Nación Argentina.

El 17 de febrero de 1949, se celebró una ceremonia pública, por el reconocimiento argentino del Estado de Israel, tuvo lugar en la sede de la Oficialía de Enlace, situada en la calle Larrea Nº 744, en el que se enarboló, junto a la bandera argentina, la bandera israelí.

El aspecto del barrio se modificó con el surgimiento de sinagogas, escuelas, centros sociales y asistenciales, teatros, redacciones periodísticas, bibliotecas, librerías, restaurantes y clubes socio-deportivos.
Con la estrecha convivencia de las familias judías, se fueron creando en el barrio todas las instituciones y espacios que complementarían su vida cotidiana y sus momentos de distensión.

El Once sin duda dejará en la historia su combinación entre el bullicio del comercio y el silencio de las calles sembradas de sinagogas. Dos climas que no son excluyentes, sino complementarios. En la tradición judía los negocios y la religión no van separados: el hombre debe trabajar y comerciar para vivir, y la religión le ofrece la base ética y las reglas para que los negocios sean en mercancía y no en sangre, con palabras y no con golpes, con límites y no con rapiña.

Sabores del barrio
Las confiterías y los bares fue el entorno donde floreció la bohemia judía porteña y los entrañables sabores de la tradición. El “Bar Internacional” de León Paley sobre Av. Corrientes 2317, la famosa “Confitería Comercial” de Don Alter Karpovsky ubicada en Av. Corrientes entre Junín y Uriburu, o la fiambrería de Mendel Szmedra, en la calle Uriburu entre Lavalle y Tucumán, forman parte de la leyenda de la calle judía porteña que vive en el recuerdo de todos los que pudieron disfrutarla o escucharon sobre ellas.

La Prensa judía
Para los inmigrantes judíos, la prensa escrita fue durante varias décadas una de las más eficaces formas de compartir información, crear pertenencia y reflejar la intensidad y diversidad de la vida comunitaria. Las más importantes redacciones nacieron en el Once.
El periodismo judío fue muy prolífico en sus alcances. Tanto las expresiones ideológicas, temáticas como las lingüísticas hicieron que más de 400 publicaciones, en sus diferentes formatos, hayan salido a la luz a lo largo de más de un siglo y medio de existencia.
Ubicada en Corrientes y Pueyrredón se encuentra la Librería Judaica Sigal, fundadada en 1930 y declarada “Librería de valor patrimonial” por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el año 2003.

El Teatro
A principios del siglo XX, el teatro ídish fue uno de los ámbitos más concurridos de la comunidad. Con la mayoría de las salas en el Once, convocaba masivamente a disfrutar del repertorio de obras de temática judía y de la literatura universal interpretadas en su lengua materna. La frecuente participación de actores de renombre internacional generaba un lleno total en la Avenida Corrientes en los teatros Excelcior, Ombú, IFT y Soleil.
Del barrio fue también el “Gardel Judío” Jevel Katz, que vivió y murió en la calle Paso al 600. Velado en la Sociedad de Actores Judíos, una conmovedora multitud se reunió a rendirle homenaje. Dijeron los diarios que fue la mayor expresión colectiva de dolor después de la provocada por la muerte de Carlos Gardel, cinco años antes. En sus diez años de carrera porteña escribió y musicalizó unas 500 piezas lírico-musicales de la vida judía en Buenos Aires.

Momentos de Dolor
La vida en el barrio también sufrió momentos dramáticos. En enero de 1919, durante la llamada “Semana Trágica”, el Once fue uno de los principales escenarios de la barbarie ocurrida en Buenos Aires. Una huelga obrera reprimida violentamente alentó el accionar de grupos parapoliciales que con particular odio persiguieron a los judíos. El barrio se tiñó de muerte, hogares e instituciones judías sufrieron violentos ataques.

En el poblado y multifacético Once existieron locales de prostitución en sus calles, algunos de ellos de rufianes judíos. El coraje de Raquel Liberman que denunció ante la policía a esta siniestra organización y el rechazo comunitario lograron su castigo y disolución.
Tampoco fueron indiferentes a la presencia de la ideología nazi en sectores de la sociedad y a las acciones antisemitas de grupos nacionalistas.
El régimen que tras el golpe militar de 1976 asumió el poder y realizó secuestros y desapariciones de miles de personas impuso especial violencia en el tratamiento de detenidos judíos. Expresamente perseguidos por su condición de judíos, fueron torturados con mayor saña y crudeza utilizando símbolos y consignas nazis en los interrogatorios.

18 de julio de 1994, 9:53 horas
El 18 de julio de 1994 todo el edificio de la AMIA fue destruido por un ataque terrorista, con un saldo fatal de 85 muertos y cientos de heridos.
El edificio fue reinaugurado en 1999, y continúa promoviendo activamente la continuidad de la vida judía en el país e impulsando la convivencia pluralista como parte integrante de la sociedad argentina.
Una nueva figura en la arquitectónica urbana fue generada luego de la tragedia: los pilotes. Por motivos de seguridad y por disposición oficial, cada institución judía, en todos los barrios de la ciudad y en todo el país, tuvo que proteger el frente de su sede con diferentes tipos de defensas. Desde entonces, aquello que se pensó que iba a ser temporario se incorporó al paisaje de la ciudad como una triste marca indeleble que evidencia la falta de justicia en la resolución del atentado.

A escasas cuadras de distancia, tres tragedias conmocionaron a la sociedad, el Atentado a la AMIA, el incendio en el boliche República Cromañón y la Tragedia en la estación de trenes de Once.
Con el paso del tiempo y el correr de la historia, algunos sitios permanecen con su fisonomía casi intacta, otros en cambio, aparecen transformados, y están aquellos nuevos espacios urbanos que se suman, con su propia impronta, a una historia de siglos.

A día de hoy, la comunidad judía argentina es la sexta en importancia en el mundo.
C.S.