La trampa de la victimización y la ética de la responsabilidad
En “La Tentación de la Inocencia”, el teórico social francés Pascal Bruckner destaca una visión poco explorada de Sigmund Freud sobre la psicología de la victimización. Freud, en sus “Ensayos sobre Psicoanálisis Aplicado”, examina la psique de aquellos que, tras haber sufrido enfermedades o adversidades en la infancia, desarrollan la creencia de que la vida les debe compensaciones. Sienten que han soportado demasiado como para someterse a las reglas del sacrificio común. En su lógica, el haber sido víctimas justifica que se conviertan en excepciones.
Esta psicología de la victimización, lejos de ser un fenómeno individual, tiene implicaciones profundas en la estructura moral de la sociedad. La historia y la literatura han retratado reiteradamente cómo quienes han sido oprimidos, si no transmutan su dolor, pueden convertirse en nuevos opresores. Hannah Arendt, en “Los Orígenes del Totalitarismo”, advierte que el resentimiento y la sensación de injusticia no procesada pueden alimentar regímenes de crueldad. Nietzsche, en “Genealogía de la Moral”, señala cómo la moral del resentimiento, propia de quienes se sienten heridos, puede generar nuevas estructuras de dominación bajo el disfraz de una justicia reparadora.
Las estadísticas sobre abuso infantil corroboran esta inquietud: una gran mayoría de quienes maltratan físicamente a sus hijos fueron a su vez víctimas de abuso. Sin embargo, y aquí radica la clave de una visión esperanzadora, no todos los que sufrieron abusos se convierten en abusadores. Existen mecanismos de ruptura del ciclo. No se trata de negar el sufrimiento, sino de otorgarle una resignificación. Viktor Frankl, en “El hombre en busca de sentido”, nos recuerda que incluso en las circunstancias más adversas, el ser humano puede encontrar propósito y trascendencia. No se trata solo de sobrevivir al dolor, sino de convertirlo en una fuerza moralmente constructiva.
La Torá ofrece un principio ético crucial en esta dirección. En parashat Mishpatim, Dios ordena al pueblo judío: “No oprimirás a un extranjero porque conoces los sentimientos del extranjero, habiendo sido extranjeros en la tierra de Egipto”. Este mandato es una invitación a transformar la memoria del sufrimiento en empatía y no en revancha. La experiencia del dolor debe traducirse en responsabilidad, no en una nueva forma de opresión.
Pero ¿es razonable esta expectativa? ¿Cómo se rompe el ciclo que convierte a la víctima en verdugo? La respuesta se encuentra en la noción de responsabilidad. Jean-Paul Sartre sostenía que el ser humano es radicalmente libre, pero con esa libertad viene una carga: la de hacerse responsable de sí mismo. La victimización perpetua, en cambio, nos exime de la responsabilidad sobre nuestros actos, entregándonos a una lógica en la que siempre hay un otro culpable: los políticos, el sistema, nuestros padres, la sociedad.
El rabino Jonathan Sacks aborda esta problemática desde una perspectiva teológica y filosófica. En sus ensayos, señala que desde la creación del mundo, el hombre ha intentado justificarse en su victimización. Adán, confrontado por Dios en el Jardín del Edén, no niega su transgresión, pero se justifica: “No fue mi culpa, fue la mujer que me diste”. Este mecanismo de evasión se repite a lo largo de la historia con distintas máscaras: culpamos al capitalismo, al comunismo, a los medios de comunicación, a los banqueros, al patriarcado o al sistema en general. Siempre hay un otro responsable de nuestra desgracia.
La Torá y la filosofía nos ofrecen otra salida. Si bien el sufrimiento es ineludible, lo que hagamos con él es lo que define nuestro destino. No se nos pide olvidar, pero sí trascender. La verdadera revolución ética consiste en usar el dolor como una vía de conexión con el otro y no como una excusa para la venganza. La responsabilidad, en última instancia, es el único antídoto contra la trampa de la victimización.
La sumisión a la mentira política
Pero la victimización no solo es un mecanismo psicológico individual, sino que se extiende a la sociedad en su conjunto. ¿Por qué los pueblos permiten ser sometidos por políticos que les mienten desde la televisión, con saco y corbata, prometiendo soluciones que jamás llegan? La respuesta se encuentra en la comodidad de la delegación de responsabilidad. Erich Fromm, en “El miedo a la libertad”, explica que el ser humano tiende a renunciar a su autonomía en favor de líderes que le prometan seguridad y redención. Esta sumisión a la mentira es una forma de autoengaño: es más fácil creer en un discurso reconfortante que aceptar la incertidumbre de la verdad.
Ortega y Gasset, en “La rebelión de las masas”, advertía que la sociedad moderna prefiere ser dirigida antes que asumir la carga de su propio destino. La televisión y los medios han perfeccionado el arte de esta manipulación, ofreciendo narrativas simplificadas donde la culpa siempre es del otro y nunca del propio ciudadano. Así, la victimización colectiva se convierte en un mecanismo político de control.
El desafío es romper con esta inercia. Mientras sigamos viendo en los políticos a salvadores en lugar de servidores públicos, perpetuaremos nuestra propia sumisión. La salida no es el cinismo ni la resignación, sino la conciencia y la acción responsable. Como decía Kant, la ilustración es la salida de la humanidad de su autoculpable minoría de edad. Solo cuando asumamos nuestra responsabilidad como individuos y como sociedad, podremos liberarnos del yugo de las falsas promesas.
