Petiteros porteños: los dichos filosos y los piropos de los galanes del Palermo antiguo
Los petiteros fueron los jóvenes elegantes y coquetos que dominaron la escena social porteña entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, especialmente en barrios como Palermo y Barrio Norte. El término nació del famoso Petit Café de Santa Fe y Callao, donde solían reunirse a lucir su ropa de corte europeo, sus peinados engominados y su andar distinguido. Eran hijos de familias bien, estudiantes de Derecho o Medicina, o herederos con tiempo libre y ambiciones sociales. Su estilo combinaba galantería, lunfardo refinado y una pasión por la moda. Se los reconocía por su lenguaje florido, sus frases punzantes y su afán por conquistar a las damas con piropos poéticos. Amaban los cafés, las esquinas de vereda ancha y los bailes de sociedad. Algunos los criticaban por frívolos o vanidosos, pero dejaron huella en la identidad cultural de la ciudad. En el fondo, eran el espejo de una Buenos Aires que se debatía entre la tradición criolla y la modernidad europea. Fueron, quizás, los primeros influencers del vestir y del decir porteño.
Entre el chasquido del charol, el perfume de gomina Brancato y la mirada ladeada de una dama en flor, los petiteros de Palermo supieron dejar más que moda: dejaron frases como puñales envueltos en raso.
Durante los años locos —entre 1850 y 1925— el barrio de Palermo fue testigo de la lenta transformación de un paraje de quintas criollas en un rincón elegante, donde convivían las estancias con los cafés de vereda y los prostíbulos con los salones de baile. Era una Buenos Aires que hablaba con estilo, con código, con corazón.
Los petiteros, esos muchachos bien empilchados que se paseaban por la Avenida Santa Fe como si fuera pasarela, se convirtieron en leyenda no solo por su pinta sino por su lengua. Sus frases, suspiro del tiempo, siguen vivas en el aire de las ochavas palermitanas. Acá va un compendio de dichos que se escuchaban entre un café y un suspiro, entre el Petit Café y la esquina de Charcas y Billinghurst.
Dichos que se usaban en Palermo entre 1850 y 1925
- “Me tenés hecho un mate amargo”
- “Sos más fulera que promesa de tahúr”
- “Se te subieron los humos a la galera”
- “Tenés el cuore hecho puchero”
- “Andás como bicho sin rancho”
- “Espejito de feria sos: mucho brillo, poco fondo”
- “Te hacés el sota pero te vi babear por la percanta en la vereda de al lao”
- “Más falso que abrazo de político en día patrio”
- “Me dejaste seco como alpargata en la estufa”
- “Con ese lomo no te va a faltar quien te convide a un vermú”
Crónica del boulevard
Cuenta Don Eusebio, que peinaba canas en el boliche de la calle Güemes, que allá por 1905 los petiteros se peleaban por una mesa en la vereda del Petit Café. “Más que café, servían envidia y frases de colección”, decía. Y no era raro ver al mismo muchacho que un día recitaba: “sos la flor de mi pago y la espina de mi alma”, al otro, sentado solo mirando la esquina: “parecés farol sin noche ni esquina para alumbrar”.
Las mujeres, perfumadas de violetas, respondían con firmeza. “Los petiteros hablan lindo, pero besan como quien da propina a desgano”, decía con sorna la Rubia de Paraguay y Julián Álvarez.
Piropos viejos como tango en vitrola
Los petiteros eran maestros del piropo. Pero no el grosero, no el vulgar, sino el que se tejía con gracia, con respeto y con labia. Así se saludaba a una dama en la vereda, al paso, o en la confitería con vista al jardín:
- “Si la belleza pagara impuestos, usted ya estaría en bancarrota.”
- “¿Quién fuera espejo pa’ verte al despertar?”
- “No sos mujer, sos un poema sin puntos ni comas.”
- “Con esa sonrisa me invitás a pecar y a rezar al mismo tiempo.”
- “Dicen que Dios hizo el mundo en siete días, pero contigo se tomó su tiempo.”
- “Sos tan linda que te buscarían los ángeles en procesión.”
- “Si el cielo tuviera ventanas, seguro se asomaría para verte pasar.”
- “La Virgen perdió una flor, y vos te viniste caminando por Santa Fe.”
Y quizás el más célebre, que se escuchó más de una vez en las esquinas de Palermo:
“Señorita, si la belleza fuera delito, usted estaría condenada a cadena perpetua sin derecho a indulto.”
Legado de espejo y corazón
Hoy, en los pasajes de Palermo, se escuchan otras voces, otros acentos. Pero si prestás atención, en la brisa que pasa por Plaza Güemes o en el reflejo de un bar con mármol veteado, tal vez se oiga todavía un eco:
“Me tenés loco y enfermo… pero con estilo.”
¿Conocés más frases de la Buenos Aires antigua? ¿Tenés una abuela, un tío o un vecino que hablaba así?
