En una puesta en escena que más parece teatro romano que república liberal, el gobierno de Javier Milei suma a figuras mediáticas carentes de formación política y social, como Virginia Gallardo, en funciones públicas. ¿Qué hay detrás de este aparente sinsentido? Desde una lectura foucaultiana, se delata el uso del cuerpo mediático, del escándalo y del analfabetismo funcional como herramientas de dominación simbólica y disciplinamiento social.
La política como espectáculo del cuerpo
Michel Foucault, en sus estudios sobre el biopoder, describía cómo el Estado moderno ya no se contenta con castigar o vigilar: ahora administra la vida, regula los cuerpos, los deseos, la reproducción y hasta la sexualidad. Y en esta era del reality show político, el gobierno libertario-libidinal de Milei parece haber entendido muy bien esa lógica: no gobierna desde la razón, sino desde el deseo y el show.
El nombramiento de Virginia Gallardo como parte del equipo de Cultura del Ministerio de Defensa no responde a una lógica meritocrática, sino a la economía del escándalo. No importa lo que diga o no diga Gallardo; importa que hable, que exista en cámara, que provoque. Su mera presencia oficia de distractor. De fetiche. De lo que Foucault llamaría una tecnología del cuerpo al servicio del poder.
Prostitución simbólica: el deseo como dispositivo de poder
Lo que se llama con liviandad “prostitución mediática” no alude aquí a la vida íntima de nadie, sino a la instrumentalización pública de cuerpos femeninos y figuras ignorantes como dispositivos de gobierno. El poder, nos enseñó Foucault, no siempre se ejerce con garrote ni decreto: muchas veces actúa como seducción, como producción de subjetividades.
La figura de la “burra útil”, la mujer sensual e ignorante puesta frente al micrófono para hablar de política o economía, cumple una función: despolitiza el debate, erotiza la subordinación, y construye un modelo aspiracional de superficialidad legitimada. No hace falta estudiar, basta con ser visible.
Y lo más perverso: este recurso se presenta como “inclusivo”, como si darle poder a alguien sin formación fuera una forma de justicia social, cuando en realidad es una forma de burla, un dispositivo de humillación del pueblo.
Milei, el bufón que corona prostitutas del discurso
El presidente Javier Milei no elige técnicos, no convoca sabios, no rodea su gobierno con economistas o juristas de fuste. En cambio, opta por figuras como Lilia Lemoine, Virginia Gallardo, o tuiteros con delirio de grandeza. Y no es casual. Es una política del anti-saber, de la espectacularidad por encima del contenido.
En una sociedad donde la educación ha sido sistemáticamente despreciada, instalar la ignorancia como virtud permite que la elite económica opere sin obstáculos. Es el sueño de cualquier casta dominante: un pueblo entretenido, escandalizado, erotizado, anestesiado.
Milei no es un loco suelto. Es el operador de una estrategia que Foucault ya denunciaba: la transformación de la política en un sistema de administración de cuerpos y deseos. En ese marco, la idiotez no es un error: es un recurso táctico.
De la cultura al entretenimiento bélico
Que Gallardo forme parte de un equipo de “Cultura del Ministerio de Defensa” es, en sí mismo, un oxímoron delirante. Pero tiene lógica: el libertarismo al que responde Milei ya no entiende la cultura como conocimiento, sino como performance. Y lo que antes se llamaba Nación, hoy se reduce a rating.
Foucault habría advertido que este tipo de maniobra busca desacralizar la verdad, relativizar el saber, y sustituirlo por una circulación permanente de imágenes, de frases huecas, de escándalos controlados. La política ya no es deliberación: es casting.
La ignorancia como forma de violencia
En este contexto, invitar a una figura como Gallardo a opinar sobre defensa nacional o cultura no es gracioso, ni anecdótico. Es violento. No contra ella (que también podría ser víctima del sistema), sino contra una ciudadanía que ve cómo el saber, el estudio, el esfuerzo, el mérito, son reemplazados por escotes, likes y frases memificables.
¿Y si el analfabetismo funcional fuera un programa de gobierno? ¿Y si el verdadero plan no fuera eliminar el Estado sino el pensamiento crítico?
Conclusión: Foucault en la TV pública
El gobierno de Milei no está improvisando. Está aplicando una vieja receta: reinar en la ignorancia y administrar la pulsión popular a través del show. Lo que antes se dirimía en ágoras o parlamentos, hoy se grita en TikTok. Lo que antes se resolvía con libros, hoy se zanja con memes y prostitutas simbólicas del poder.
Como diría Foucault: “Donde hay poder, hay resistencia”. Pero también hay producción de saberes falsos, cuerpos performáticos y consensos precarios. Y si no empezamos a leer los signos, quizás pronto no quede más que aplaudir… o mirar para otro lado mientras se nos ríe en la cara un gobierno que cree que educar es adoctrinar y que pensar es traicionar.
¿Y vos qué pensás?
¿Creés que esto es un fenómeno aislado o parte de un programa de desinformación deliberada? ¿Cómo nos defendemos de la cultura del entretenimiento como forma de dominación?
