Nacido un 8 de junio de 1911, Edmundo Rivero fue mucho más que un cantor de tangos: fue una revolución sonora, un estilo propio, un emblema del porteñismo más hondo y una voz que bajaba desde el subsuelo del alma.
Aunque nació en Valentín Alsina, a orillas del Riachuelo, su destino era la calle Corrientes. Dueño de una voz de barítono profundo —una rareza entre los cantores de su tiempo—, Rivero no solo desafió los cánones vocales del tango, los transformó. Su timbre grave y seco parecía el eco de un bandoneón gastado por la vida; una voz que no se parecía a ninguna otra, pero que calzaba en el tango como una lágrima en la mejilla del malevo.
Fue guitarrista primero, discípulo del Conservatorio Nacional de Música, pero lo suyo era la voz. Empezó en 1935, cantando en la orquesta de Antonio Rodio, y pasó por las filas de Horacio Salgán y Lucio Demare, aunque fue su ingreso en la orquesta de Aníbal Troilo en 1947 lo que marcó su salto a la fama. Con Pichuco grabó tangazos que siguen siendo himnos del género, como La última curda, El último organito, Sur y Cafetín de Buenos Aires.
Y no cantaba por cantar. Rivero entendía el tango como una expresión filosófica y existencial, un modo de pensar la ciudad desde su costado más oscuro. Cada tango que interpretaba lo recitaba con la dignidad del que se sabe mensajero de una verdad antigua. Su voz era una especie de cuchillo que abría la carne del verso para mostrar su sentido más visceral.
En 1969 fundó El Viejo Almacén, un templo tanguero en San Telmo que aún hoy respira el aire de su espíritu. No fue solo un boliche: fue su bastión, su trinchera cultural, su ofrenda al tango de todos los tiempos.
Entre sus interpretaciones más recordadas figuran:
- Yira… Yira (de Discépolo)
- Malena (de Homero Manzi y Lucio Demare)
- Amablemente (de Celedonio Flores y Edgardo Donato)
- La milonga y yo (de su autoría)
- Milonga del 900 (de Gardel y Le Pera)
También compuso temas propios, como Yo soy el tango, Mi noche triste (versión reformulada), y Pampa y cielo, todos cargados de esa solemnidad criolla que lo caracterizaba. Era un cantor de la pena urbana, pero también un filósofo popular, un hombre de ideas claras y estética bien definida.
¿Quiénes siguen su huella?
Rivero dejó escuela. Aunque pocos se atrevieron a imitar su estilo, su influencia se percibe en cantores como:
- Rubén Juárez, quien fusionó canto y bandoneón con una voz dramática y potente.
- Raúl Lavié, que tomó del Negro Rivero esa forma casi teatral de decir el tango.
- Juan Carlos Baglietto, que reinterpretó clásicos con una intensidad moderna heredada.
- Adriana Varela, que en su decir arrabalero también retoma esa fuerza bruta y refinada a la vez.
Su herencia también se respira en las nuevas voces del tango joven, desde los circuitos under hasta las academias de tango canción, donde Rivero es estudiado como quien estudia a un poeta con música.
Edmundo Rivero falleció el 18 de enero de 1986, pero sigue vivo en cada silbido que alguien deja escapar en la madrugada, en cada guitarrera de patio, en cada voz que baja al subsuelo del tango para encontrar su verdad.
¿Cuál es tu tango favorito de Rivero? ¿Qué significa para vos su voz de trueno y tabaco?
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Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias
