Tres cafés, tres almas: Varelita, Tabac y Montecarlo, templos del barrio según el ánimo del vecino
Hay días para debatir política con un vermú en la mano, otros para almorzar en traje, y algunos en los que sólo se busca un mate cocido con un recuerdo.
En Palermo, donde las diagonales no existen pero las historias se cruzan igual, hay cafés que no son lugares: son estados del alma. Varelita, Tabac y Montecarlo. Tres nombres que suenan a tango, a novela política o a postal sepia. Tres esquinas, tres estilos, tres humores. No se los elige por casualidad. Se los frecuenta según cómo amanece uno ese día. Porque hay cafés para cuando uno quiere cambiar el mundo, otros para cuando sólo quiere leer el diario sin que lo molesten, y otros donde uno va a curarse las penas con el aroma de lo conocido.
Cuando uno necesita pensar el país: Varelita
A Scalabrini Ortiz y Paraguay no se llega: se arriba. El Café Varela Varelita no está en Palermo, está en un plano simbólico donde el debate político y la charla literaria tienen más peso que el café con leche. Fundado por Manuel Varela y su hijo, “Varelita”, hace más de 70 años, sigue siendo ese “no despacho” donde Chacho Álvarez urdía ideas, y Héctor Libertella rebautizaba whiskies con nombres de escritores.
Hoy lo regentea Javier Giménez, exmozo devenido patrón, que mantiene viva la llama sin volverlo museo. Acá los vecinos vienen cuando están en modo pensador: con bronca, con teorías, con ganas de discutir el precio del dólar o la última ley del Congreso. El que va al Varelita no va a descansar. Va a estar. A ser. A discutir, a escuchar, a existir. A conjugar el verbo heideggeriano del ser-en-el-mundo, pero con medialunas.
Cuando uno quiere lucirse: Caffe Tabac
En la esquina señorial de Libertador y Coronel Díaz, Caffe Tabac luce como un actor de reparto que se roba la película. Desde 1969, es el café donde los mozos tienen oficio y los sillones invitan a sentarse con tiempo. Acá no se viene con resaca ni en jogging. Se viene planchado, bañado y, si es posible, con un libro bajo el brazo.
En los ’70, era territorio de Borges, Bioy, Cortázar y Sabato. En los ’80, refugio de Spinetta, Charly y Soda Stereo. Y entre copas, se tejió incluso la historia secreta del cadáver de Evita. Hoy, lo frecuentan abogados, médicos, periodistas, empresarios, señoras con perro caniche y alguna estrella del streaming. Si el Varelita es para pensar el país, el Tabac es para que el país te vea. O para invitar a alguien con quien estás cerrando algo.
Carlos, habitué, lo dice sin rodeos: “Es el mejor café de principio a fin”. Carmen discrepa: “La comida no me gusta, pero es tan lindo que igual vengo”. Lo cierto es que el que entra al Tabac, busca elegancia y cierto clima de película. Aunque sea una matiné.
Cuando uno necesita volver al barrio: Montecarlo
Sobre Paraguay y Ravignani, la esquina del Montecarlo se resiste al paso del tiempo con tenacidad de almacén de barrio. Desde 1922, es más que un café: es una bitácora viva de Palermo Viejo. Fue bar, fue despensa, fue cabina de teléfono, fue parada obligada del 95. Hoy, restaurado con amor por Paula Comparatore y Jote Fernández, mantiene la impronta de lo que fue. Sillas de madera, aroma a tostado, algún tango de fondo.
Allí se sentaron Guevara, China Zorrilla, Jorge Lanata, Jorge Fernández Díaz, y seguro algún vecino anónimo que merecería estar en esa lista. El Montecarlo no es para la foto, es para el alma. El que va, no quiere mostrarse. Quiere resguardarse.
Se festejaron los 100 años con placa, brindis y tributo beatle-jazz en vivo. Pero los verdaderos homenajes se hacen todos los días, cuando un pibe estudia para un parcial en la mesa del fondo, o cuando una señora mayor pide “lo de siempre” sin decir una palabra.
Tres bares, tres estados del alma
Los vecinos del barrio lo saben: uno no va al mismo café todos los días. Va según el clima interior. Está quien dice: “Hoy me siento Varelita, necesito pensar fuerte”, y el que confiesa: “Estoy para un Tabac, me peino y bajo”. Otros murmuran: “Montecarlo… necesito que me hable la madera de la mesa”.
Los bares de Buenos Aires no se explican con adjetivos. Se explican con biografía. Son parte del entramado emocional, donde uno se encuentra con otros pero también consigo mismo. Son la sobremesa de la vida, donde se cocina el pensamiento, la amistad, el amor y la bronca.
¿Cuál sos vos hoy?
- Si tenés ganas de leer Clarín y putear en voz baja: Varelita.
- Si vas a firmar un contrato o a una primera cita: Tabac.
- Si necesitás llorar en silencio o reencontrarte con el barrio: Montecarlo.
Porque Buenos Aires no se vive de manera lineal. Se habita en espiral, saltando de café en café, de esquina en esquina, de historia en historia.
¿Y vos, vecino o visitante, cuál de estos cafés es tu refugio?
Contanos tu historia escribiendo a: lectores@palermonline.com.ar
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias
Firmado por Pablo Editor
