División Palermo regresa con una segunda temporada que redobla la apuesta: humor negro, crítica social y una Guardia Urbana al borde del colapso
La comedia más incómoda y celebrada de Netflix en Argentina estrenó su segunda —y última— temporada este jueves 17 de julio, con seis capítulos afilados como navaja y una promo desopilante que ya es viral.
Santiago Korovsky lo hizo de nuevo. “División Palermo”, la serie argentina que puso la diversidad en el centro de la parodia institucional, volvió a la pantalla con una mezcla explosiva: ironía punzante, humor incómodo y una mirada demoledora sobre cómo el Estado intenta lavar culpas con políticas inclusivas marketineras. Esta vez, el protagonista Felipe Rozenfeld no solo debe enfrentar al crimen… sino a la traición y a los Servicios de Inteligencia, en un Palermo cada vez más distópico.
La Guardia Urbana —ese rejunte armado de minorías para la foto oficial— está más rota que nunca, y la amenaza de disolución es real. En medio de todo, los nuevos personajes (como Milton, interpretado por Juan Minujín) agitan la trama con ritmo de thriller absurdo. Y sí: los episodios duran media hora, pero el impacto es a largo plazo.
Una promo que rompe la cuarta pared
La campaña de lanzamiento fue una joya del absurdo: una rueda de prensa ficticia donde los personajes —no los actores— se enfrentaban a periodistas que les preguntaban por qué no hacían algo más “serio”. La respuesta, por supuesto, fue una carcajada colectiva. Con producción de Netflix y dirección de arte quirúrgica, el sketch promocional no solo hizo reír, sino que dejó incómodos a más de uno. Y ahí está el corazón de “División Palermo”: reírnos de nosotros mismos, aunque duela.
Diversidad sin solemnidad
¿La fórmula? Sátira, chistes incorrectos y personajes con capas. La serie se corre de la mirada condescendiente o edulcorada sobre la discapacidad. Acá hay personas reales, con deseos, errores, codicia, ambición, y a veces, una manija por empuñar armas. Felipe es torpe, sí, pero también valiente. Sofía, en silla de ruedas, no necesita compasión, sino respeto. Y Johnny —el pibe de baja estatura— quiere acción, no discursos.
La segunda temporada suma más representación: se incorporan un joven con síndrome de Down y una chica con autismo. Pero no como adorno: como personajes con trama propia, lejos de ser “la minoría simpática”.
Críticas que no esquivan el presente
Aunque el guion fue escrito antes de la asunción de Javier Milei, las resonancias son inevitables. En un país donde se recortan políticas públicas para personas con discapacidad y se estigmatiza lo diferente, la serie cobra otro tono. Martín Garabal, parte del elenco y del equipo creativo, lo dijo claro: “No escribimos pensando en ningún gobierno, pero la realidad se metió sola en el guion”.
Y en ese clima, hay una escena clave: una brutal redada policial con aplausos del público. El mensaje es claro: ya nadie quiere inclusión, ahora se pide mano dura. ¿No es eso lo que está pasando también en la vida real?
Actuaciones, cameos y la comedia coral
El elenco brilla. A los nombres ya conocidos (Daniel Hendler, Pilar Gamboa, Facundo Bogarín, Valeria Licciardi, entre otros), se suman figuras como Juan Minujín, Inés Efron, Martín Piroyansky y Nilda Sindaco, cuya despedida —tras su fallecimiento— deja un vacío y un legado en la serie.
Hay cameos gloriosos y una secuencia de confusión entre Korovsky y Piroyansky que trasciende la ficción: “Nos confunden todo el tiempo, en la vida real. Así que decidimos reírnos de eso”, cuenta Korovsky.
¿Por qué vale la pena verla?
Porque “División Palermo” no subestima al espectador. Porque se ríe de lo solemne, de lo políticamente correcto, del Estado, de los buenos modales y de la corrección impostada. Porque detrás del chiste hay una herida abierta. Y porque, como diría alguno de sus personajes: “no somos un chiste, pero sabemos contar uno”.
¿La viste ya? ¿Qué opinás de este humor que incomoda y hace pensar? ¿Podría hacerse una serie así en otro país de Latinoamérica?
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