En Argentina tenemos una costumbre: cuando el genio se rompe, lo blindamos. Y a veces, en ese blindaje, lo dejamos solo. Pasó con Diego. Está pasando con Charly.
La foto de Hilda Lizarazu visitando al Bicolor encendió la mecha: sonrió, lo abrazó, y escribió en redes la crónica de una tarde que para ella fue luminosa. Pero detrás de esa postal, apareció el comentario cortante de Fabiana Cantilo: “Yo lo quiero ver”. Cinco palabras que sonaron a reclamo, a bronca y a impotencia.
Porque la pregunta incomoda y flota como una nube negra: ¿Charly está protegido o está preso?
El círculo íntimo, con Mecha Iñigo al frente, insiste: “No somos un entorno, somos su familia. Lo cuidamos y él elige con quién estar”. Y sí, algo de razón tienen. El cuerpo de Charly no está para el trajín. Pero lo que para unos es cuidado, para otros es un muro. Y en el medio, la leyenda se va volviendo inaccesible.
Los amigos de siempre —Samalea, Fabi, algunos más— quedaron reducidos a mirar por la ventana y enterarse de su vida por terceros. Las puertas se cierran, los rumores crecen. Mientras tanto, los pocos que logran entrar (como Hilda) salen contando que el tipo todavía está ahí: lúcido, gracioso, con planes y con ganas de música.
La comparación con Maradona no es capricho. Es casi idéntica la postal: el genio, los guardianes, la casa como trinchera y un montón de gente que siente que lo perdieron en vida. La diferencia está en la escala: Charly nunca se bancó el circo ni la mafia que devoró a Diego. Lo suyo es más íntimo.
El tema es otro: ¿cuánto dura el cerco antes de que se convierta en soledad? ¿Cuántos más van a quedar con el “yo lo quería ver” atragantado para siempre?
Porque los ídolos se cuidan, sí. Pero también se acompañan. Y si algo nos enseñó la muerte de Maradona es que cuando los genios quedan secuestrados por el miedo, se los empieza a perder mucho antes de tiempo.
