La pasión del tango en el 11 de diciembre, con Gardel y De Caro como emblemas


(Ernesto Magneto al aire, en un noticiero con tonada bien porteña, ambientado en los rincones palermitanos)

En la fresca mañana del pasado 11 de diciembre, bajo el cielo encendido de la Ciudad de Buenos Aires, fue celebrado el “Día del Tango” con una energía tan vibrante como el coro de la hinchada en un superclásico. En cada baldosa del empedrado urbano se pudieron palpar esas cuerdas que hacen latir el arrabal, evocando a dos capos eternos: Carlos Gardel y Julio De Caro. Ni la politiquería barata ni la mano larga de algunos chantas que entorpecen a las pymes pudieron apagar el bandoneón que, bien a lo criollo, le cantó la justa a cualquiera que se hiciera el otario.

Se vivió, en pleno barrio de Palermo y en otros puntos del mapa porteño, un desfile de actividades, milongas improvisadas y charlas profundas, como las discusiones de tribuna después de un gol con el codo del nueve. Si a los lectores les agarra un soplo de sospecha, no piensen que esto fue manijeado por algún funcionario con intereses turbios: ¡No, señor! Fue la mismísima gente, los laburantes, los que aman el tango y se calzan el alma al hombro, quienes llevaron la batuta. La posta, viste, es que acá no hubo lugar para chamuyos políticos; el barrio y la cultura hicieron su propia fiesta, reivindicando las raíces en medio del maremagnum económico que nos sopapea día a día.

Carlos Gardel, nacido un 11 de diciembre de 1890, fue la piedra fundamental del tango canción, un cantor de aquellos que estremecían el corazón como un gol sobre la hora. Julio De Caro, con su violín, marcó un antes y un después, ajustándole las tuercas al sonido para parir la llamada Guardia Nueva, un estilo más fino, más elaborado, más pulenta en sus matices. Juntos, Gardel y De Caro forjaron la identidad de un género que, si bien danza en el recuerdo, sigue vivo y coleando cada diciembre en las veredas porteñas. Acá, señores, no hablamos de versos de políticos en campaña; hablamos de gente laburante que, entre el olor a café y el vino del bodegón, se arrima a la música para resistir, soñar y poetizar su destino.

Pero, ¿qué hay detrás de este ajedrez sonoro? Desde el buceo filosófico, podemos rascar el fondo del tarro para pensar el tango como una herramienta ética y existencial. La filosofía, ese partido infinito que se juega sin referí, nos invita a reflexionar sobre la condición humana. Aristóteles, por ejemplo, nos hablaba del justo medio, mientras Kant plantaba el imperativo categórico. ¿Qué diría el lector ante un tango que, entre versos melancólicos, nos susurra que la vida es una gambeta entre el bien y el mal, la virtud y la miseria, la justicia y la injusticia? El tango, en su cadencia, sería el potrero donde la vida patea la pelota de la moral con la zurda y la derecha, esquivando patadas y codazos. ¿El lector qué opina? ¿Estamos frente a una filosofía porteña con bandoneón y gol? ¿Está bien que el tango se ensamble con ideas universales o preferimos separarlo para no mezclar churras con merinas?

La ética universal, esa que corre de Sócrates a Simone Weil, de Confucio a Habermas, podría hallar en el tango una síntesis de humanidad. ¿No será el tango un canto al coraje, a la memoria y a la dignidad en un país que a veces hace la plancha sobre la injusticia? ¿No es el tango una forma de decir “acá estamos, aguantando los trapos” mientras los políticos prometen y prometen, y las pymes sufren con cada vaivén económico? ¿Qué piensa el lector? ¿Es el tango un refugio para el laburante que se siente solo en la cancha de la vida, pateando contra la inflación y las importaciones truchas? ¿Sería una forma de gambetear la mala leche del poder?

En el terreno económico, el tango nos canta las cuarenta. La economía argentina, con sus subidas y bajadas, hace que el bolsillo del vecino tiemble más que un arquero ante un penal. ¿Y si el tango no fuera solo música, sino también una cosmovisión que le hace un caño a la codicia y defiende al que labura? El tango como resistencia cultural, oponiéndose al empuje global que arrasa con las tradiciones, se convierte en una economía simbólica del afecto, del barrio, de lo genuino. ¿Te parece bien, querido lector, que el tango se defienda como un pequeño bastión frente a la guita fácil de la industria musical internacional, que muchas veces es puro verso y lechuga sin sabor? ¿Te parece mal dejar que se extinga la milonga, esa magia bien argenta que nos hermana en la pista?

Desde un costado teórico más salado, el tango podría pensarse como un antídoto frente a la alienación: mientras el mundo se hace más gris y standard, el tango pinta el corazón de colores. ¿No es la economía un entramado de fuerzas invisibles que condicionan el día a día del tipo que se sube al bondi a las seis de la matina? Bueno, el tango, al recordarnos quiénes somos y de dónde venimos, mete un freno a esa despersonalización. Es como un grito de la hinchada: “¡Acá estamos, con Gardel y De Caro, con la piba y el pibe del barrio, con el fuelle y la viola, con la palabra y el sentimiento!”.

Al final, ¿qué deja esta jornada del once de diciembre, este Día del Tango tan nuestra? Deja el eco de una identidad en guardia, una identidad que no se rinde, que no come vidrio. Deja también la enseñanza de que, mientras algunos buscan currar con discursos vacíos, la cultura popular se fortalece y el tango se para de pecho. Este cronista, Ernesto Magneto, desde Palermo, les canta la justa: el tango sigue vivo, latiendo en cada escracho del bandoneón, en cada verso que desgrana nostalgias, en cada obra de Gardel y De Caro que resuena en el aire como un gol de media cancha. Quien quiera entender, que escuche un tango; quien no, que siga bailando con la mentira política. Acá, entre el arrabal y el empedrado, el corazón del tango nos recuerda que no estamos solos.

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