Casero ya no actúa. Se interpreta a sí mismo: un bufón descompuesto, un comediante sin timing, un ex peronista con fiebre libertaria que mezcla dictadura, empanadas, coitos con suecas, diagnósticos sobre el Papa y homenajes a Milei en un solo vómito verbal. ¿Qué pasó? Se le pudrió el guión, pero aún no se bajó del escenario.
Casero está solo. Solo con su odio, su hambre no resuelta y sus recuerdos llenos de polvo. Hace tiempo que dejó de ser un comediante para convertirse en un exorcista sin iglesia, un provocador jubilado que confunde sus traumas con doctrina. La entrevista en Infobae no es una nota: es un documento clínico. Alfredo habla como un paciente que se escapó del consultorio antes del diagnóstico, y se metió en la tele para gritar lo que nadie le preguntó.
Porque eso hace ahora: habla sin que le hablen. Se postula a sí mismo para todo, pero no lo vota ni su sombra.
Casero: un psicodrama en loop
Dice que fue abusado a los 12 pero que “le encantaba”. Que le pegaron en un séptimo piso tapiado por llevar campera verde. Que su mamá empastillada lo cagaba a trompadas y que su padrino era su cable a tierra. Que construyó un paracaídas y lo probó tirando una tortuga. Que detesta la mentira, pero niega el abuso. Que ama el humor, pero no se banca un chiste que no controle. Y que se cagaba en los kirchneristas desde la camilla de terapia intensiva.
Casero no piensa. Vomita. Y eso ya no es libertad: es un síntoma.
Le habla a un país que no lo escucha. Repite que el pueblo lo ama pero no llena ni un bingo sin subsidio. Acusa a militantes imaginarios, a mujeres que no lo entendieron, a periodistas que no lo citan, a artistas que no lo reconocen. Pero jamás se mira. No hay una pizca de autocrítica en su ronquido narcisista. Se define “renacentista”, pero no pinta nada desde que terminó Cha Cha Cha.
De actor a activista de garage
Alfredo Casero pasó de comediante rupturista a predicador de sobremesa, de performer a panelista con complejo de Sócrates. Cree que por haber vivido la dictadura desde la vereda de Avellaneda tiene derecho a reescribir la historia. Igual a Milei, cree que el recuerdo es una construcción ideológica manipulada por zurdos con cargos públicos. Se burla de los derechos humanos, relativiza los crímenes de Estado y, por si fuera poco, revindica la violencia simbólica con una sonrisa de loco lindo.
Está convencido de que él, y solo él, tiene la posta.
Dice que no milita, pero se junta con Milei y Adorni “para hablar de perros”. Afirma que Milei tiene “un cerebro arriba de 120”, como si eso fuera un argumento. Se queja de que lo cancelan, pero se victimiza en todos los medios. Cree que la televisión murió, pero anuncia una película dibujada “sin inteligencia artificial”, como si eso lo convirtiera en un monje tibetano del arte.
Lo que no entiende —y nunca entendió— es que el respeto no se impone con gritos. Ni se reclama con recuerdos. Se gana con coherencia. Y a Casero ya no le queda ni eso.
El bufón que terminó dando pena
Casero no es un monstruo. Es un síntoma. Un reflejo patético del argentino que no supo envejecer. Que se quedó atrapado en el personaje que lo hizo famoso, sin darse cuenta de que afuera todo cambió. Su desprecio por la actualidad, su odio a los medios, su fascinación con Trump, sus monólogos rancios sobre la virilidad perdida, las mujeres manipuladoras y la juventud “que no sabe nada” no son ideas. Son mugre emocional.
Se para en el escenario con la soberbia de un tipo que cree que hizo reír a generaciones. Pero se olvidó de que el humor también envejece. Y si no se renueva, apesta.
Alfredo está en guerra con el mundo porque el mundo ya no lo necesita. Y no lo soporta. Por eso pelea. Por eso grita. Por eso delira con micromilitancias, atentados con aire comprimido, boicots turísticos y confabulaciones mediáticas. Porque necesita sentirse protagonista de una historia que lo dejó afuera hace veinte años.
Y Milei, claro, lo dejó entrar por la puerta de los memes.
Final con retroexcavadora
Dice que se le hundió una retroexcavadora en el barro y no hay metáfora más perfecta. Porque Casero es eso: una máquina que cavaba para adelante y terminó encajada en su propio pozo. Quiso perforar el statu quo, pero se olvidó que también había que saber salir.
Hoy está ahí: hundido hasta las ruedas, llorando por los amigos que lo bloquearon de WhatsApp, añorando la infancia entre zapallos, puteando a Darín por el precio de las empanadas, abrazando un pasado que ya nadie quiere imitar.
Ni Alfano —su “novia eterna” imaginaria— podría rescatarlo.
¿Qué nos queda entonces de Alfredo Casero?
Un tipo que alguna vez fue brillante, pero eligió volverse mártir. Que alguna vez hizo reír, pero hoy da lástima. Que alguna vez construyó un universo absurdo, pero hoy es solo un viejo triste peleando con fantasmas. Un hombre que se autoproclama mecánico, pero no entiende cómo funciona el motor social que lo expulsó.
Y por eso grita. Y por eso da vueltas. Y por eso no puede parar.
Porque el silencio, Casero, sería mucho más doloroso que cualquier crítica.
¿Y vos qué opinás? ¿Casero es un genio incomprendido o un ególatra en decadencia? ¿Qué se hace con alguien que ya no quiere escuchar?
Escribinos a lectores@palermonline.com.ar.
Nosotros escuchamos. Aunque no ladremos.