¿Dónde empieza el deseo y dónde termina la voluntad?

Una verdad antigua resucita en las calles porteñas: no todo lo que se pide se da, y no todo lo que se da fue pedido. ¿Dónde empieza el deseo y dónde termina la voluntad?

Palermo, marzo de 2025. En medio de la vereda, entre un café frío y la brisa otoñal que barre las hojas de Plaza Güemes, un viejo filósofo de barrio pronunció una frase que resonó como martillo sobre el mármol: “Pedir no es dar.” Y no fue necesario que dijera mucho más: en ese choque de verbos, se resumió buena parte de la tensión humana entre lo que se desea y lo que se entrega.

El verbo y la espera

“Pedir” es una forma de deseo verbalizado. Es clamar, solicitar, implorar, con tono manso o con tono firme, algo que no se posee pero se anhela. Desde el niño que pide un juguete hasta el pueblo que pide justicia, el verbo pedir es, en esencia, un gesto de humildad o desesperación. Pero también, y esto no se dice tanto, puede ser una forma de manipulación, o una estrategia para no asumir responsabilidad.

En cambio, “dar” es un acto autónomo, voluntario. Es el verbo del que posee algo y decide entregarlo, ya sea por amor, por compasión, por obligación o por cálculo. El que da, tiene poder. El que pide, espera. Por eso la frase “pedir no es dar” es también una advertencia para los tiempos que corren.

Política, vínculos y ética cotidiana

En el ámbito político, se ha visto desfilar este conflicto en todas sus formas. Los ciudadanos piden salud, educación, justicia. Los gobiernos dan respuestas… a veces. ¿Pero acaso dar es solo responder a un pedido? ¿Y qué ocurre cuando se da lo que nadie pidió?

En la vida amorosa, también sucede: uno pide atención, afecto, escucha. Y muchas veces recibe evasivas, migajas, o incluso cosas que no pidió. ¿No será que confundimos dar con compensar, y pedir con manipular?

El filósofo Emmanuel Levinas decía que la ética comienza con la responsabilidad hacia el otro, no con la espera de que el otro me dé algo. Y Jacques Derrida agregaba que la verdadera dádiva es aquella que no espera nada a cambio. Es decir, la que ni siquiera responde a un pedido.

El malentendido fundamental

Confundir “pedir” con “dar” puede llevar a frustraciones, a reclamos injustos, a vínculos tóxicos. En la base del lenguaje, este malentendido se arrastra como sombra: “Te pedí que me amaras” no equivale a “te obligué a amarme”. El que pide no manda. El que da no obedece.

La calle murmura verdades más profundas que la televisión. Y entre tanto ruido digital, este susurro filosófico porteño merece su lugar: pedir no es dar.