Palacio de las Aguas Corrientes, uno de los edificios más importantes e impactantes de la Ciudad de Buenos Aires.

El Palacio de Aguas Corrientes (llamado oficialmente Gran Depósito Ingeniero Guillermo Villanueva) es un edificio emblemático de la ciudad de Buenos Aires. Se encuentra en Riobamba 750, en el barrio de Balvanera y es un Monumento Histórico Nacional. Ocupa toda una manzana y es para los porteños uno de los edificios más bellos. Todo en él parece pensado para llamar la atención. Pero nada es lo que parece por fuera. En su interior se guardan 12 tanques de agua con 6.000 m3 de capacidad, que conformaron una pieza clave para la sanidad de la ciudad de mitad del siglo XIX que estaba entonces en pleno crecimiento.

Su historia
Buenos Aires fue la primera ciudad de América en tener una red de agua potable. Fue un salto hacia el progreso, sin duda, pero también la respuesta a una necesidad.  

En la segunda mitad del siglo XIX, tras las sucesivas oleadas migratorias y la gran actividad del puerto, la ciudad de Buenos Aires comenzó a crecer rápidamente. El progresivo aumento de la población trajo consigo los problemas del hacinamiento y la falta de preparación de los servicios públicos para abastecer a una cantidad cada vez mayor de personas.  

Hacia finales de 1869, era difícil contar con agua segura para beber o lavarse las manos, al mismo tiempo en que no existía una manera eficiente de deshacerse de las aguas servidas. Ese año una epidemia de cólera mató al 10% de la población de Buenos Aires, por ese entonces de 180.000 habitantes, incluido al vicepresidente Marcos Paz. En 1871, la fiebre amarilla mató a otras 14.000 personas, según registros médicos de la época. El ingeniero inglés John Baterman, advirtió que si no se mejoraba la calidad del agua, las enfermedades volverían. Propuso entonces, el desarrollo de un nuevo sistema de saneamiento, que incluía grandes obras de infraestructura y tendidos de redes de agua y cloacas. Una de ellas, fue el Palacio de Aguas Corrientes.  

Aprovechando una época de abundancia económica y de prosperidad, las autoridades del recién unificado país le encargaron la obra a los ingleses con la consigna de no ser un simple tanque de agua sino un monumento a la higiene pública. Y así se hizo. La ciudad destinó a su construcción la mitad de su presupuesto anual, que alcanzó los 5.531.000 de pesos fuertes.  

La compañía Parsons & Bateman estuvo a cargo del proyecto, y al poco tiempo se decidió privatizar las obras de salubridad debido a la falta de fondos del Estado. Sus diseños comenzaron a fines de 1871, y originariamente se pensaba en un tanque para una población de 200.000 habitantes, a razón de 181 litros diarios por persona, que estuviera ubicado a no menos de 72 pies sobre el nivel del Río de la Plata. A partir de entonces, se sucedieron variaciones en el proyecto, aprobándose finalmente por el Gobierno en 1886.  

La Comisión de Obras de Salubridad solicitó al estudio de Bateman que en su construcción se utilizarán en lo posible materiales del país, como por ejemplo mármoles y granitos en su envolvente exterior, donde además deberían colocarse los escudos de las provincias, la Nación y la ciudad de Buenos Aires. Pero sólo este punto llegó a cumplirse pues, para plasmar la “apariencia vistosa”, triunfó la propuesta de Bateman -y también de la empresa concesionaria de las obras de salubridad, de capitales británicos- partidarios de utilizar sólo piezas de terracota como revestimiento exterior.   

Las obras comenzaron en 1887, emplearon a 400 obreros y finalizaron en 1894, siendo inaugurado el edificio por el presidente Luis Sáenz Peña. El edificio debería haber estado funcionando antes, si no hubiera sido porque los materiales venían de afuera en barco y algunos se hundían. En 1891, aún llegaban al puerto de Buenos Aires las piezas de terracota y cerámica para cubrir el frente del Palacio, todas numeradas y con su ubicación en el gran rompecabezas del frente. Adentro, un mecano de hierro sostenía los tanques de agua, una obra de ingeniería que aún hoy es única en el mundo, por su dimensión. El Palacio de las Aguas Corrientes fue el emblema de una ciudad que se consideraba un faro del progreso americano, sin embargo pronto quedó viejo.  Se pensó para la era del vapor y cuando se inauguró ya había electricidad. Su acta de defunción estaba firmada desde el primer día.  

A medida que los edificios de Buenos Aires se hicieron más altos, la presión aportada por los tanques ya no fue suficiente. Más tarde se construyeron otras estructuras menos vistosas en zonas más altas y el depósito de la avenida Córdoba perdió cuatro tanques. En 1978, finalmente, salió de su interior la última gota de agua potable.  

Actualmente, el edificio es la sede de oficinas administrativas y de atención al público de AySA, pero además alberga el archivo de planos domiciliarios, una biblioteca y el Museo del Agua. En este último se pueden ver piezas antiguas, desde artefactos sanitarios hasta cañerías y medidores, que resumen la historia de las obras de salubridad e higiene pública. En 1989, mediante el decreto 325, el Palacio de Aguas Corrientes se transformó en Monumento Histórico Nacional. 

La Biblioteca es sobria y luminosa. Se impone con 15.000 libros y revistas especializadas en ingeniería sanitaria y otros temas clave para la salud pública. Fue creada para asistir al personal de Obras Sanitarias. En 2006 abrió sus puertas a la comunidad, incluso hay un sector para los más chicos con bibliografía didáctica para incentivar y promover el cuidado del agua y el medio ambiente. Con la visita del conductor televisivo Marley, junto a su hijo Mirko, se inauguró en 2017, la bebeteca, un rincón con bibliografía para bebés.

Su Arquitectura
El edificio es uno de los más exuberantes de Buenos Aires, y una muestra de la arquitectura ecléctica que encantaba a las clases altas que gobernaron la Argentina hasta 1916. El estilo puede encuadrarse dentro del impuesto en el Segundo Imperio Francés con influencias neogóticas. Fue diseñado por el ingeniero inglés John Bateman y se levantó bajo la lupa de su par sueco Carlos Nyströmer y del arquitecto noruego Olof Boye, que trabajó junto con sus colegas locales Juan Antonio Buschiazzo, Adolfo Büttner y Carlos Altgelt.  

Las cuatro fachadas del edificio (diseñadas por Boye y Nyströmer) responden a una composición de inspiración francesa: un basamento que recorre la totalidad del perímetro sobre el cual se levantan dos niveles y el remate con una mansarda. En el centro de cada una de las fachadas se distingue un elaborado motivo de mayor altura, en el cual se disponen grupos de tres vanos en cada nivel. Cuatro pequeñas torres señalan las cuatro esquinas del edificio. Todos los elementos responden a la expresión de la mejor arquitectura palaciega francesa. 

Sin embargo, la totalidad de los paramentos exteriores fueron revestidos con piezas de terracota de distintos tamaños, espesores, formas y colores; algunas esmaltadas y otras sin esmalte. El uso de la terracota en la construcción se había puesto de moda en la Inglaterra victoriana, particularmente en Londres, donde respondía mejor que otros materiales al smog y demás contaminantes derivados de la revolución industrial. 

Son alrededor de 300.000 piezas que llegaron a la obra desde Inglaterra y Bélgica, identificadas -cada una de ellas- con un código de números y letras que posibilitaron su correcta ubicación dentro del gran rompecabezas que constituyó su ensamblado. El resultado es de una originalidad absoluta en el panorama arquitectónico de la ciudad. 

El dispositivo decorativo y ornamental se compone de paneles con motivos vegetales de colores vivos, copones, guirnaldas, y variedad de adornos, ya sea resultado de una sola pieza o bien del ensamble de varias. A ello deben sumarse los escudos de las catorce provincias que por entonces conformaban la República Argentina y el de la Capital Federal. Los techos fueron realizados en pizarra verde traída de Francia.  

Así, detrás de esta maravillosa fachada, se escondieron los tanques, que eran considerados carentes de belleza.    

En sus tres niveles, contiene 12 tanques de agua potable (provistos por la firma belga Marcinelle et Coulliet según licitación de diciembre de 18862 ) con capacidad total de 72 millones de litros, con un peso calculado de 135.000 toneladas. Estos son sostenidos por una estructura de hierro belga. 

El peso total del hierro empleado en la estructura era de 16.800 toneladas. Las cañerías, válvulas exclusas, de retención y desagüe, y en general todo el sistema de distribución fue provisto por la firma inglesa Glenfield C° Ltd. Hidraulic Engineers, Kilmarnock, East Ayrshire. Las paredes son de hasta 1,80 metro de espesor, y sostienen a las 180 columnas, distanciadas seis metros entre sí. Se levantaron con ladrillos cocinados en un establecimiento que se instaló en la localidad de San Isidro.  

Por dentro, donde estaba la estructura de hierro de los tanques de reserva, un patio central cuadrado de 18 metros de lado, provee de luz y aire a los distintos niveles de los reservorios.  

El espacio dedicado a la Biblioteca cuenta con tres niveles, estanterías con pasarelas para recorrerlas y persianas que las protegen, a modo de los antiguos muebles secreter, construidos con madera traída de Paraguay. Las barandas fueron hechas con cañerías de agua que el personal de Obras Sanitarias siempre tenía a mano. 

Para visitar el Palacio hay que sacar turno. El museo y la Biblioteca abren de lunes a viernes de 9 a 13 hs y de 14 a 17 hs.  

Redacción Abasto: Lola. S (@lolask_)



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