Joyas del Art Nouveau en el Abasto. El Palacio de los Lirios.

La Casa o Palacio de los Lirios, el Art Nouveau y el modernismo catalán en su máxima expresión. Sutilmente oculta, pero a la vista de todos.

Está ubicado en Avenida Rivadavia 2027 y 2031, en el barrio de Balvanera, y fue construido hacia 1903 o 1905 por el ingeniero argentino Eduardo S. Rodríguez Ortega (1871-1938). En la fachada se explora el tema de la botánica, y es por la ornamentación que insinúa tallos y flores de lirio, que la casa recibió el nombre con el cual se la conoce. 

Si bien es un edificio de viviendas, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció como “Representativo” por lo que cuenta con un nivel integral de protección. 

Entre fines de siglo XIX y la primera Guerra Mundial se levantaron en Buenos Aires unas 220 mansiones. Fue una época récord para la construcción, en cantidad y calidad. Específicamente, para el Art Nouveau. Su llegada significó extravagancia, fachadas recargadas de figuras orgánicas, y esculturas humanas.  

Quienes hacían construir edificios con este estilo era la nueva clase media burguesa, que no tenían los gustos educados a la manera de la clase alta de Buenos Aires. Esta, consideraba al Art Nouveau como “algo superfluo, o lo que hoy diríamos grasa”, y preferían los detalles sobrios de arquitectura francesa. Por ello, la mayor cantidad de edificios que siguen esta corriente, se encuentran en los barrios de Balvanera, Monserrat, y Once (no en pleno centro de la ciudad). 

Sin embargo, estas disquisiciones sociológicas no detuvieron el avance de construcciones con estas características arquitectónicas. La ciudad cuenta con 300 edificios, siendo 75 de ellos de alta calidad. Por eso, Buenos Aires es considerada la capital americana del Art Nouveau. 

La casa de los Lirios fue encargada por Miguel Capurro, un empresario relacionado con lo textil y con la industria del vino, que invertía en inmuebles.  

La estructura es igual a la de tantos otros de la época: una planta baja para locales comerciales, los dos primeros pisos para rentar – dos departamentos por piso -, y el tercero para residencia de la familia dueña del inmueble. Sin embargo, lo que lo hace destacar es su fachada, que se trata de uno de los ejemplos más reconocidos del modernismo catalán que surgió en Europa a comienzos del siglo XX, en Argentina.  

El modernismo, que recibió distintos nombres según su lugar de origen: Sezession en Austria, Jugendstil en Alemania, Art Nouveau en Francia, entre otros, se trató de un conjunto de innovadoras propuestas que planteaban un nuevo ideal de belleza. Representaba una ruptura, una liberación de los patrones estéticos dominantes de la época. Dentro de España, el movimiento se desarrolló con febril actividad en Barcelona, por lo que se lo conoce como modernismo catalán, de donde surge, en su vertiente arquitectónica, Antoni Gaudí. 

El proyectista de la Casa de los Lirios, Eduardo S. Rodríguez Ortega, era un gran admirador de Gaudí y por ello este edificio tiene una impronta similar. Sobre todo, porque sigue una de las tendencias más claras del modernismo que es el acercamiento a la naturaleza a través de las líneas curvas, la plasticidad de las formas, y también, de la ornamentación.  

En este caso, la idea del retorno a la naturaleza consistió en disimular la fachada cubriéndola de tallos y hojas de lirio que recorren todo el edificio en forma ascendente y simulan sostener cada uno de los balcones formando las rejas. También en lo alto hay una guarda de orquídeas del género “clatella”. Estas ornamentaciones están realizadas en mampostería, y tienen la característica de que todas las flores son una réplica exacta de las reales. Un botánico las ve y te dice: ‘Si, son perfectas’”. 

El portón de acceso, de dos hojas de hierro forjado y vidrio es, en sí mismo, una pieza artística de gran originalidad y se corresponde con el diseño general de la obra, lo mismo que las espléndidas rejas de los balcones. Fueron hechos por herreros que venían de Italia, donde se encontraba la mejor escuela de herrería del mundo. En esta época de oro de la construcción en la ciudad, no se reparaba en gastos a la hora de levantar un edificio.  

Como otro detalle visual imperdible, en el coronamiento del edificio, en el centro y lo más alto del frente, asoma la cabeza de un hombre barbado, con sus cabellos alargándose hacia los costados formando la baranda de la azotea. Según algunas versiones, se trata de la testa de Eolo, el dios del viento. Según otras, es Neptuno, señor de los mares. En ambos casos, la imagen “representa el viento, la libertad, la búsqueda de algo nuevo” 

Muchas casas de barrio de ese tiempo se construyeron también con la tendencia de Art Nouveau traído por los vientos europeos, pero muy pocas lo expresaron tan entusiastamente como este singular edificio, o mejor dicho, como esta singular fachada que sigue asombrando a quienes la observan en detalle. Por eso si pasas por Av. Rivadavia y Ayacucho, te recomiendo observar esta perla arquitectónica, sutilmente oculta, pero a su vez a la vista de todos. 

Texto por: Lola. S



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