El día que apagaron la luz

El día que apagaron la luz

El día que apagaron la luz

Una postal porteña entre Coronel Díaz y Santa Fe

Hay canciones que no se escriben: se encarnan. Se meten en la piel de una ciudad, como un tatuaje invisible que sólo algunos saben ver.
“El día que apagaron la luz”, de Charly García, es exactamente eso: un latido oculto en la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe, ahí donde Buenos Aires deja de fingir y muestra sus costuras, sus cicatrices de neón.

La canción, lanzada en 1992 dentro del álbum “Filosofía barata y zapatos de goma”, no habla sólo del corte de energía literal. Habla del corte de esperanza. De ese instante brutal en que uno sigue respirando, pero el mundo alrededor deja de girar.

Escuchémosla, sintámosla, como si fuéramos parte del decorado:


El día que apagaron la luz – Charly García

El día que apagaron la luz
yo estaba en un bar
tomando una ginebra con gente de mal vivir.

El día que apagaron la luz
me sentí un traidor,
me fui de la ciudad,
juré que no iba a volver jamás.

El día que apagaron la luz
hubo un gran apagón,
y el dueño del bar
juró que no fue su culpa.

El día que apagaron la luz
nadie nos invitó
a la fiesta de la decadencia.

Y ahora sé
que un día no vas a volver,
y ahora sé
que un día me voy a perder.

El día que apagaron la luz

El día que apagaron la luz

El día que apagaron la luz…


Una ginebra con gente de mal vivir, dice Charly, y uno no puede evitar imaginarse esa escena en pleno barrio norte, a dos cuadras del shopping Alto Palermo, en uno de esos bares viejos que ya no existen, o que existen solamente en el recuerdo de los que se niegan a abandonar la ciudad.

El gran apagón del que habla es mucho más que un hecho físico: es espiritual. Es la sensación de ser un sobreviviente en una fiesta a la que uno nunca fue invitado. Y Coronel Díaz y Santa Fe, con su ruido de colectivos, su desfile de rostros anónimos, sus luces titilando sobre adoquines modernos, sigue siendo hoy el escenario perfecto para esa sensación de soledad multitudinaria.

La canción tiene algo de tango escondido. No en la música, que es puro rock argentino, sino en el alma. Un tango ciego, como esos de Discépolo, que entendía que la tragedia no siempre necesita lágrimas, sino apenas una ceja levantada, una copa vacía y un susurro de resignación.

¿Cuántos de nosotros no hemos sentido alguna vez que nos apagaban la luz?
¿Que Buenos Aires dejaba de ser promesa para convertirse en ruina con glamour?

Charly García, cronista de lo que no se ve, supo narrarlo con esa poesía brutal, directa, casi bíblica.
Y nosotros, parados en esa esquina de Coronel Díaz y Santa Fe, cada vez que miramos hacia arriba y vemos el cielo apagarse entre edificios, sabemos que, en el fondo, también estamos cantando su canción.