El nombre de un papa no se elige al azar. Es, tal vez, el primer acto de gobierno, la declaración simbólica de una línea teológica, pastoral o política. Desde el año 955, cuando el pontífice Octaviano decidió llamarse Juan XII, comenzó una tradición que perdura hasta hoy: los papas eligen un nuevo nombre apenas son designados. Se trata de un gesto cargado de significado, y aunque no está regulado por ningún canon, sí sigue una lógica tácita que combina historia, fe y estrategia.
De los 266 pontífices que ha tenido la Iglesia católica, al menos 129 cambiaron su nombre bautismal. Algunos, como Juan XXIII o Benedicto XVI, recurrieron a fórmulas clásicas y reverenciales. Otros, como Juan Pablo I, combinaron nombres para rendir tributo. Y un caso excepcional fue el del papa Francisco, que en 2013 sorprendió al mundo con un nombre inédito, cargado de humildad franciscana y vocación reformista.
Una tradición milenaria
La costumbre remite incluso al apóstol Pedro, el primer papa, quien en realidad se llamaba Simón. Fue Jesús quien lo rebautizó como “la piedra” sobre la que edificaría su Iglesia. Esa misma transformación nominal, del hombre común al guía espiritual, simboliza la conversión del cardenal en sucesor de Cristo.
Durante siglos, los papas conservaron su nombre de pila. Recién en el 533, un sacerdote llamado Mercurio —sí, como el dios pagano— decidió que un papa no podía llevar nombre de ídolo romano y se convirtió en Juan II. Desde entonces, el nombre Juan se volvió el favorito: ha sido elegido por 21 pontífices (aunque curiosamente no existió un Juan XX). Le siguen Gregorio y Benedicto (16 veces cada uno), Clemente (14), Inocencio y León (13), y Pío (12).
En 1978, Albino Luciani innovó con el primer nombre compuesto: Juan Pablo I. Su sucesor, Karol Wojtyla, adoptó el mismo nombre con un “II” que duraría más de un cuarto de siglo en la historia reciente.
Pero hay un nombre vedado. Ningún papa se ha animado a llamarse Pedro II. La razón no está escrita, pero se entiende: sería una forma de proclamarse el “nuevo apóstol original”, una comparación que bordea la soberbia. “Sospecho que es humildad, o tal vez porque ninguno quiere compararse con el único papa que Cristo eligió”, explicó Joshua McManaway, profesor de Historia del Papado en Notre Dame.
¿Quién dirá “¡Habemus Papam!”?
De padres franceses y nacido el 7 de marzo de 1952 en Marrakech, Marruecos, el cardenal Dominique Mamberti será el encargado de anunciar la designación del nuevo papa, una vez que los religiosos reunidos en el cónclave del Vaticano hayan elegido al sucesor de Francisco, fallecido el pasado 21 de abril.
Mamberti, de 73 años, fue creado cardenal en 2015. Un año antes, en 2014, había sido nombrado prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, el máximo órgano judicial de la Iglesia católica después del papa.
En 2024, se convirtió en cardenal protodiácono, el de mayor edad entre los diáconos, y es por eso que le corresponderá pronunciar el histórico “Annuntio vobis gaudium magnum… Habemus Papam!” desde el balcón de la Basílica de San Pedro, apenas se disipe el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina.
Mamberti fue ordenado sacerdote en 1981 en Francia y posee estudios en Ciencias Políticas, Derecho Público, Derecho Civil y Derecho Canónico. Ingresó al servicio diplomático del Vaticano en 1986 y tuvo una extensa carrera como delegado apostólico en Somalia y nuncio en Sudán y Eritrea. Entre 2006 y 2014 fue secretario para las Relaciones con los Estados, siendo uno de los grandes operadores vaticanos en Naciones Unidas, América Latina, África y Oriente Medio.
Presidió la última misa en homenaje a Francisco, con quien compartía una relación cercana. “Estuve con él el día de Pascua. Vi de cerca su sufrimiento, pero también su coraje y su compromiso inquebrantable con el Pueblo de Dios hasta el final”, declaró emocionado.
¿Qué nombre traerá el humo blanco?
Ahora, el mundo espera. No sólo el nombre, sino lo que ese nombre nos diga. ¿Será Francisco II, en clara señal de continuidad? ¿O tal vez un Juan XXIV, para cerrar un ciclo reformista con tradición conciliar? ¿Resucitará el nombre de Gregorio, en honor al gran reformador medieval? ¿O emergerá algo completamente nuevo, como Benedicto XVII o incluso un nombre inédito que no remita a nadie y diga: “aquí comienza algo distinto”?
Cada elección de nombre papal no es un simple bautismo. Es una declaración de intenciones. Un lema sin necesidad de palabras. Y quizá, un reflejo del alma de la Iglesia en un momento dado.
La pregunta sigue en el aire vaticano y en el corazón de millones de fieles:
¿Cómo se llamará el próximo papa?
¿Vos qué nombre creés que marcaría una nueva era?