Che Guevara, 97 años del argentino que quiso cambiarlo todo

Che Guevara, 97 años del argentino que quiso cambiarlo todo

Hace 97 años nacía en Rosario Ernesto Guevara. Pero antes de ser el Che, antes del uniforme, la Sierra Maestra y las frases de manual, fue un pibe de barrio que vivió en Palermo. Aráoz al 2100, entre Mansilla y Paraguay, fue su casa cuando estudiaba medicina. Ahí empezó todo.

Palermo no era entonces la postal cool de hoy. Era mezcla de taller y conventillo, un barrio con olor a aceite, a libro usado y a café negro sin azúcar. En ese paisaje vivió Guevara, caminando las veredas con los pulmones llenos de asma pero el alma llena de preguntas. Preguntas que ya no le iban a caber en los libros.

Fue desde ahí que se largó a la ruta. Primero al norte argentino, después a América Latina. Lo que vio lo marcó: injusticia, explotación, racismo, miseria estructural. Y ahí entendió que la medicina no alcanzaba. Que había que curar algo más profundo. Que el cuerpo que había que sanar era el de los pueblos enteros.

Lo mataron en Bolivia a los 39 años, creyendo que con eso lo apagaban. Pero no. El Che no se muere. Porque no era solo un hombre: era una decisión. La decisión de no resignarse. De no tranzar. De no mirar para otro lado.

Hoy lo siguen odiando los de siempre. Lo caricaturizan, lo tergiversan, lo reducen a souvenir. Les duele que haya existido alguien que pensó más allá del yo. Les molesta su ética inquebrantable. Les arde que haya elegido morir de pie, sin venderse, sin pedir perdón.

A nosotros no nos importa que lo llamen utópico, violento o ingenuo. Preferimos eso a ser cínicos sin alma. Lo que nos importa es que el Che vivió, luchó, se la jugó. Y que esa chispa que encendió en Palermo sigue viva. Porque hay pibes que leen, que se organizan, que no quieren vivir de rodillas. Y en cada uno de ellos, el Che vuelve a nacer.

No se trata de nostalgia. Se trata de memoria con sentido. Y de un futuro que, aunque parezca imposible, todavía puede ser digno.

Hasta la victoria.