Luis Majul volvió a hacer lo que mejor le sale: montar una escena de histeria institucional por un gesto mínimo de Cristina Kirchner, mientras el país se incendia. Su indignación por un simple saludo desde un balcón revela una obsesión que ya no es periodismo: es servilismo y persecución.
Luis Majul encarna el síntoma clásico del neurótico obsesivo que ha desplazado todo su deseo hacia el odio, convirtiendo a Cristina Kirchner en su objeto persecutorio privilegiado. Su fijación compulsiva revela una estructura marcada por la necesidad de control, donde el peronismo aparece como lo Real que desestabiliza su aparente mundo racional. Desde el punto de vista psicoanalítico, su goce está en el ataque: no odia para cambiar la realidad, odia porque el odio lo sostiene, lo constituye, le da lugar simbólico. El dinero que recibe por ese odio actúa como suplencia fálica, pero no le da satisfacción: lo exacerba.
Está atrapado en una economía libidinal donde necesita destruir para existir. No puede amar al pueblo porque lo teme. No puede criticar sin delirar, porque sin Cristina, él no es nadie. Su obsesión lo ha vaciado de deseo propio: hoy es sólo el reflejo invertido de lo que detesta.
Un país en llamas y Majul en el balcón
Mientras en el conurbano se corta la luz, los jubilados raspan los tachos y las tarifas se comen media jubilación mínima, el periodista Luis Majul se atraganta en vivo por una imagen: Cristina Kirchner saludando desde el balcón de su departamento en Constitución. Para algunos, un gesto. Para Majul, una amenaza institucional.
El periodista —si aún se le puede decir así— montó un operativo moral y discursivo para denunciar lo que, a ojos de cualquiera con dos dedos de frente, no es más que una escena doméstica. Pero no: para Majul, para Cristina Pérez, para el pelado Trebucq y su pandilla de indignados profesionales, el balcón fue la gota que desbordó la república.
Una fijación clínica con la figura de CFK
Majul no informa: acusa. No analiza: persigue. No interpela: demoniza. Lo suyo con Cristina Fernández de Kirchner ya no tiene el formato de una crítica política: tiene la forma clínica de una obsesión. Si Cristina respira, Majul interpreta. Si Cristina sale al balcón, Majul delira. Si Cristina sube un audio, Majul pide al TOF que la encarcelen por “alteración de la convivencia”.
¿Qué clase de democracia tolera que la persecución se base en emociones personales de periodistas convertidos en fiscales sin jurisdicción?
Periodismo de seguridad nacional… para las embajadas
Pero claro, Majul no actúa solo. Lo suyo es parte de una maquinaria de discursos hecha para complacer a un puñado de intereses: los del poder económico, el Departamento de Estado, las embajadas extranjeras, y las empresas que necesitan un país sin sindicatos, sin política y sin memoria.
Majul es el alfil menor de una operación mayor. Le sirve a la CIA, al Mossad, a Patricia Bullrich, a los fondos buitre y a cualquier ejecutivo de multinacional con intereses en Vaca Muerta. Es el perro de guarda de un sistema que sólo se pone nervioso cuando una mujer se asoma al balcón.
De los carpetazos al ridículo
Este delirio no es nuevo. Desde los tiempos de los cuadernos truchos hasta los shows de Netflix que nadie mira, Majul ha hecho carrera con el odio a Cristina. Lo que llama “periodismo de investigación” no es más que un catálogo de prejuicios que repite con tono de importancia.
Esta vez, lo que generó un ACV emocional en la pantalla fue un saludo al pueblo desde la ventana. ¿Dónde está el crimen? ¿Dónde está el delito? ¿O acaso salir al balcón ahora es conspiración?
Una democracia de cartón que se desarma con un tuit
Y mientras Majul babea espuma de república en la tele, nadie en su micrófono habla de lo que de verdad importa. De las fábricas cerradas, de los hospitales sin insumos, de los sueldos que no alcanzan, de los chicos con hambre. No. Prefiere hablar del “riesgo institucional” que implica una Cristina en remera blanca saludando a la multitud.
Como escribió @hernanpablo: “Imaginate si Majul, Johnny Viale, Trebucq, Fantino y Cristina Pérez estuvieran igual de preocupados por la industria nacional, los médicos del Garrahan, las jubilaciones mínimas con bono, o los recursos del Norte Grande, como lo están por un estúpido balcón.”
Conclusión: La política reducida a un reality show
Cristina sigue marcando agenda con una imagen. No por el poder que tenga el gesto, sino por la debilidad que exhiben sus enemigos. La derecha comunicacional la necesita tanto como dice odiarla. Sin Cristina, no tienen monstruo. Y sin monstruo, no tienen programa.
Majul está obsesionado porque es esclavo de su personaje. Pero el pueblo no es estúpido. Sabe que el verdadero delito no es asomarse al balcón: es usar el micrófono para tapar el hambre.