Del Mataperros al Anasagasti: la Argentina que soñó con autos propios antes que con petróleo
Antes de que las estaciones de servicio taparan la memoria, y mucho antes de que el petróleo nacional encendiera motores de soberanía, hubo pioneros que pusieron a andar un país con manos, fierros y visión. Palermo, Campana y París fueron los escenarios de un relato mecánico que aún huele a bencina y madera. Esta es la historia de los tres autos fundadores de la Argentina automotriz: la “Cacerola” de Varela Castex, el “Mataperros” de Manuel Iglesias y el Anasagasti, primer vehículo producido en serie.
El rugido que nació en Palermo: la “Cacerola” de Dalmiro Varela Castex
Entre Salguero y Libertador, donde hoy se alza una estación de servicio sin alma ni historia, hubo una vez una casona patricia. Allí vivían Juan Cruz Varela y Carmen Castex, miembros de la élite criolla y padres de Dalmiro Varela Castex, nieto del prócer Florencio Varela.
Desde París, deslumbrado por la modernidad, Dalmiro trajo en 1887 un triciclo De Dion-Bouton a vapor, al que los porteños bautizaron con humor cruel: “la Cacerola”. Rechoncho, bufando vapor por las calles empedradas de Palermo, se volvió leyenda urbana. Años después, en 1895, trajo al país un Benz a nafta, ya no a vapor. Fue el primer auto oficialmente patentado en Argentina y el primero en obtener el carnet de conductor número 1 de la ciudad, emitido el 14 de febrero de 1906.
Dalmiro, además, fue fundador del Automóvil Club Argentino (ACA) en 1904 junto a Horacio Anasagasti, Félix Álzaga Unzué, Alfredo Tornquist, Ubaldo de Sívori y otros aristócratas visionarios. Su legado fue motor, historia y patria, aunque la ciudad lo haya tapado con un surtidor.
Campana: el primer auto hecho íntegramente en Argentina
Mientras en Buenos Aires los autos eran importados o ensamblados con piezas extranjeras, en Campana, un inmigrante gallego autodidacta llamado Manuel Iglesias dio forma a un milagro nacional. Carpintero, lector empedernido y obrero del ferrocarril, forjó con sus manos el primer automóvil completamente argentino.
Lo apodaron el “Mataperros”, no por sadismo sino por su andar estrepitoso y su inesperada velocidad: 12 km/h. Una criatura sin techo, sin puertas y con alma de taller, nacida el 20 de noviembre de 1907 como regalo de cumpleaños para su esposa, María Mantellini. Tenía motor monocilíndrico, un banco de madera para dos personas, y ruedas de hierro con rayos de madera. Iglesias no tenía dinero para comprar un auto, así que lo construyó él mismo, con un torno a pedal que también había fabricado en su casa.
Durante años el auto quedó oculto. Fue su nieto, Juan Carlos Iglesias Pelliza, quien lo reconstruyó en los años 50 y logró su reconocimiento histórico. Hoy se exhibe en el Museo Municipal de Campana, tiene monumentos en Argentina y España, y da nombre a una calle en Vila de Cruces, Galicia, de donde vino el pionero.
El Anasagasti: el primer auto argentino fabricado en serie
Con espíritu industrial y ambición nacional, el ingeniero Horacio Anasagasti fue más allá del garage y el ingenio casero. Entre 1910 y 1915, fabricó en Buenos Aires el primer automóvil producido en serie en Argentina. Su fábrica, ubicada en la calle México al 800, montaba autos con motores franceses Ballot, pero con carrocería, chasis y ensamblaje hechos en el país.
El Anasagasti era elegante, accesible y nacionalista. Horacio creó un sistema de cuotas para que más argentinos pudieran comprar su primer auto. Su modelo fue exportado a Europa y participó en competencias internacionales, algo inédito para la época. Fue la primera marca argentina con visión de industria automotriz, y aunque la producción duró pocos años, el símbolo quedó.
Se estima que hoy solo sobreviven dos unidades del Anasagasti: una está en manos de la Fuerza Aérea Argentina, otra en el Club de Automóviles Clásicos de San Isidro. Son reliquias de una época donde la industria nacional soñaba con andar sola, sin depender del exterior.
Del barro al motor: datos duros del cambio
- En 1900 había menos de 50 autos en Buenos Aires. Para 1906, circulaban 340 particulares, 82 de alquiler y 24 camiones.
- En 1907, con el hallazgo de petróleo en Comodoro Rivadavia, comenzó la era energética argentina.
- En 1914 se instaló el primer surtidor en Plaza Lorea. La gasolina se vendía antes en farmacias, depósitos y tintorerías.
- En 1922 se fundó YPF, y en 1923 se habilitó el primer surtidor oficial de nafta.
- La carnet de conducir número 1 fue otorgado a Dalmiro Varela Castex. La patente número 1, en cambio, fue disputada por el intendente Anchorena… y el presidente Roque Sáenz Peña debió intervenir.
¿Y la memoria dónde está?
La esquina de Salguero y Libertador, epicentro de esta historia, no tiene placa, ni escultura, ni texto. Sólo una estación de servicio insípida, donde se borra con cada carga de nafta el recuerdo de aquel primer rugido a vapor. Nadie sabe que allí comenzó el automovilismo argentino, que ese fue el kilómetro cero de la modernidad sobre ruedas.
¿Qué nos dice este olvido?
¿Puede una ciudad avanzar sin mirar el espejo retrovisor? ¿Cuántas Cacerolas, Mataperros o Anasagastis más están enterradas bajo cemento y olvido? ¿No sería tiempo de ponerle nombre y homenaje a quienes nos hicieron mover antes de que el petróleo se volviera oro?