En el barrio de Colegiales, donde la gente todavía se junta en la vereda a conversar de política entre mates y persianas bajas, el escándalo de los audios de Karina Milei cayó como una bomba. Los vecinos no entienden cómo la mismísima Casa Rosada se convirtió en un colador: filtraciones, grabaciones clandestinas y acusaciones cruzadas entre funcionarios.
Un barrio que no come vidrio
Patricia Bullrich salió a culpar a “servicios de inteligencia rusos” y hasta insinuó que “Venezuela podría estar metida”. Pero en las calles de Colegiales la indignación tiene otro tono: “Dejen de buscar fantasmas afuera, los que se graban son ustedes mismos”, se escucha en la feria de la plaza Mafalda.
El conventillo del poder
Para los vecinos, el gobierno parece más un conventillo de colegiales que una gestión seria. “Se espían, se pasan facturas, se graban y después nos quieren vender que es un ataque internacional”, rezonga don Osvaldo, jubilado de Conde y Aguilar. La sensación es de hartazgo: mientras el barrio lidia con aumentos de transporte, alquileres imposibles y negocios que cierran, el poder juega a las intrigas palaciegas.
La bronca por la coima
Lo que más enoja es el rumor instalado sobre Karina Milei y el pedido del 3%. En el bar de Federico Lacroze y Álvarez Thomas lo dicen sin vueltas: “Alta coimera. Si la hermana del Presidente está en eso, ¿qué queda para el resto?”. La bronca se mezcla con resignación: se prometía dinamitar la casta, pero terminó repitiendo las mismas mañas de siempre.
Milei, el salame del barrio
En Colegiales lo definen con esa crudeza tan porteña: “Milei es un salame”. Porque no controla a su hermana, no controla su gobierno y mucho menos la economía que aprieta el bolsillo en cada compra del chino. Lo ven desbordado, atrapado en su propio laberinto.
La conclusión en las esquinas
En la esquina de Cabildo y Federico Lacroze, donde todos los colectivos paran y los vecinos se cruzan apurados, la conclusión es la misma: el país se desangra entre filtraciones y conventillos de poder, mientras los barrios sienten la soga cada día más fuerte. Y lo peor: la derrota electoral ya se percibe como inevitable.