Por qué los coleccionistas coleccionan figuritas y por qué la más difícil es la mejor

El alma detrás del álbum: por qué los coleccionistas coleccionan figuritas y por qué la más difícil es la mejor

Desde los pasillos del Parque Rivadavia hasta las mesas de café en Plaza Serrano, hay algo que no cambia en el barrio: siempre hay alguien que colecciona algo. Figuritas, boletos del 60, autitos de metal, latas de cerveza artesanal o revistas Gente del ’87. Y no es sólo por nostalgia. Es un ritual, un vicio sano, una forma de mirar la vida con otra escala.


El coleccionista de la esquina

A la vuelta de Scalabrini y Honduras vive Don Lito. Tiene 73 pirulos, pero cada vez que abre su baúl con figuritas del Mundial 78 se le iluminan los ojos como si acabara de ver a Luque marcarle a Francia. Las tiene todas: la de Passarella, la del escudo, hasta la de Bertoni, que era la más difícil. “La conseguí en un kiosco del Abasto. Cambié tres cajas vacías y una sonrisa”, cuenta.

A dos cuadras, en el Pasaje Soria, vive Sofía, que no se perdió un álbum de Sailor Moon desde 1996. Cada tanto, postea en grupos de Facebook y pregunta si alguien tiene a “Mercurio” doble. No para venderla: para tenerla. Porque sí.


¿Qué nos lleva a juntar lo que otros tiran?

Coleccionar es un acto profundamente humano. Es rescatar. Es darle valor a lo que no lo tiene en la góndola del supermercado. ¿Un sobrecito con cinco figuritas? Para el que no colecciona, cartón. Para el que sí, destino.

Hay quien junta boletos capicúa del colectivo. Otros, cajas de fósforos con paisajes de Mar del Plata. Hay un vecino de la calle Güemes que guarda los envoltorios de chocolates Milka desde los ‘90. Y no es porque estén buenos. Es porque ahí hay una historia. Una forma de parar el tiempo.


La figurita difícil y el corazón del coleccionista

Siempre hay una que no aparece. Siempre. Y esa es la que vuelve loco al que colecciona. No importa si es la cara de un delantero nigeriano del Mundial 94 o una tapa del suplemento Sí! del día que tocó Los Redondos en Racing. Esa falta genera búsqueda, anécdotas, encuentros.

En la placita frente a Plaza Italia, todos los sábados se arman grupitos con los pibes cambiando repetidas. Pero lo más lindo es ver a los padres re manija diciendo “dale, cambiále dos y listo que nos vamos”. No es por los chicos. Es por ellos. Porque coleccionar no se hereda, se contagia.


Un buen hábito (aunque no lo diga la OMS)

En tiempos de scroll infinito y notificaciones, coleccionar algo con las manos es un acto casi revolucionario. Te obliga a mirar, a prestar atención, a ordenar. A valorar lo pequeño. A disfrutar sin apurarte. A recordar.

Y encima, te conecta con otros. Con el que tiene lo que te falta. Con el que te avisa que hay feria en la Galería Bond Street. Con el del kiosco que ya te guarda sobres “porque vos sos de los buenos”.

Hay estudios de psicólogos que dicen que coleccionar reduce la ansiedad y ayuda a desarrollar memoria, atención y hasta empatía. Pero nosotros lo sabíamos antes de que lo dijeran los de Harvard.


Palermo, tierra de colecciones

Palermo tiene su historia con el coleccionismo. En los 90, los domingos del Parque Las Heras estaban llenos de tipos con carpetas de billetes, monedas, soldaditos. En Plaza Armenia, todavía se cruzan changuitos con cajas de vinilos y gente que busca “ese simple de Almendra que nunca volvió a editarse”.

Y ojo, no todo es viejo. Hay coleccionistas de tapas de cerveza tiradas en festivales de la calle Gorriti, de estampitas de diseño local, de pins de bandas que tocaron en Niceto. El coleccionismo, como el barrio, se transforma pero no se extingue.


El valor no está en el objeto

Muchos creen que coleccionar es de gente obsesiva, que guarda por guardar. Pero el buen coleccionista no junta para llenar un vacío: junta para construir un mundo.

Cada figurita es una historia. Cada repetida es una oportunidad de intercambio. Cada álbum completo es un orgullo que no se publica, se comparte tomando mate.


Conclusión: juntá lo que te dé alegría

En un mundo donde todo se consume y se olvida rápido, coleccionar es resistir. Es decir “esto me importa”. Es frenar la máquina y dedicarle tiempo a lo inútil pero bello.

Así que si tenés esa caja con estampitas viejas, esos boletos doblados, esas latas raras, no los escondas. Sacalos, miralos, mostralos. Porque quizás ahí, entre cartones y recuerdos, esté tu mejor versión.


¿Y vos, qué coleccionás? ¿Tenés alguna historia con una figurita que no salía más? Escribinos a lectores@palermonline.com.ar y contanos. Porque acá, en Palermo, cada colección es parte de nuestra historia barrial.